DAR TIEMPO AL TIEMPO

Marina Pastor

    

Tal vez ocurra que no existan verdaderas nuevas historias, sino replanteamientos de las mismas. De nuevo, desde siempre y para siempre, los mismos mitos, los mismos cuentos, los mismos relatos narrados, soñados, preexistentes y lanzados al futuro. En vano tratamos de imaginar otros finales distintos de la muerte que late en el extremo de todos los desplazamientos, la gran elipsis. A ese libro de cuentos infinitos pertenece el que cuenta que existió una tela que por el día se tejía y por la noche se destejía, la tela de Penélope, hecha de destinos cruzados en el quiasmo del azar y la necesidad, de otros instantes que escapan a cualquier posible inscripción objetiva. Esos otros tiempos, subjetivos y sensuales, son similares a los de los sueños, postulan mundos. Quizás por ello, la remisión al sueño, sea dormidos o despiertos, implica una forma de saber, y el hecho de soñar, como acto cotidiano, quizás sea el tejido de la vida, ese en el que le damos sentido y trascendencia, el modo de despertar de lo cotidiano, de aproximarnos a la tarea de vivir en ese entorno indefinido que denominamos arte.

Así podemos aproximarnos a las obras que presenta Claudia Martínez en esta exposición. Ellas se nos presentan como un tejido elaborado de modo casi independiente a la voluntad de sus manos, como si una fantasmal lanzadera silenciosa de un tiempo original hubiera hecho tejer el secreto diseño de los días y las noches, esa oscura madeja que desovillamos en presencia del arte, de la escultura. En ellas, el espacio resulta visiblemente ligado, cocinado, preparado  tejido de  materia. La tela no sólo funciona aquí como el indicador de todo un campo semántico (materia textil, medida femenina de las jornadas y la duración, tejido biológico o superficie humana y carnal del tiempo, tejido espacial, materia oscura que hace del mundo un decurso continuo, enredado e imperceptible). El pensamiento, despertar continuo a esos otros tiempos que desplazan al cronológico y objetivo, se convierte en algo excéntrico a cualquier recorrido elíptico, rompiendo el volumen, generando el espacio desde el tiempo vital.

 El tiempo vital, cotidiano: de día el peso de la ley, todas las connotaciones que distinguen lo propio de lo ajeno. De noche el peso de lo indiferenciado, de lo que no tiene límites, de todo lo común. De noche el arte, y quizás por ello la noche ejercita un tipo determinado de atrevimiento, otra forma de libertad que es el amor, el amor como lo que desteje, desamarra, suelta los hilos, deja escapar los puntos, deja levar, como lo que hay que esperar y desentrañar, como la sensualidad presente en esas tramas espaciales de Claudia, liberación de esa otra economía: la libidinal.

Como a veces se enreda y desenreda la vida, crear, desde hace tiempo, es también dibujar en diferentes materiales con distintas superficies, es amasar, desmoldar, construir el espacio más allá del volumen, dejar ser y dejarse llevar, enmarañarse desde la propia piel como tejido a la piel como metáfora, sensualidad. Es la piel que es lengua y lame, que es boca y muerde y traga, que es ojo y ve, que es oído y escucha y fisgonea, que es mano y toca, y rasga el espacio y une, y acaricia. Es el erotismo a que invitan los trabajos de Claudia, es el cuerpo recorriendo el espacio, los espacios de cada obra, entre las obras, es el tiempo que va atando cotidianamente todas las cosas, que las va dejando y alargando, que las hace contactar, quizás porque a Claudia Martínez no le interesa tanto el valor absoluto de una forma cuanto todas sus connotaciones, los hilos, los ovillos, las masas pegajosas, las telas, los tubos, los cuerpos ausentes, las semillas, las formas orgánicas ovoideas y circulares, alargadas: todo está en proceso y todo debe ser procesado, producto de ese decurso temporal, que nos remite al futuro del día. Por ello sus trabajos no son sólo lo que aparentan ser, implican todo el arte de poner en movimiento una masa, de deglutirla sensiblemente, conllevan la necesidad de encontrar la postura, de vincularnos con una cuota de atracción instintiva, de intimidad intransferible. Así podemos entender sus obras desde esos champs de force de los que habla Bretón, como el sueño de una gran eclosión, libre de esfuerzos, que podría cobrar visos de realidad. Cocinar, tejer, disponer o arreglar son elementos que ilustran aquí de manera sutil la puesta en abismo que experimenta el recuerdo en el seno de la conciencia cuando esta conserva la imagen de los objetos que ya no están presentes, la horadación del espacio-tiempo cotidianos, su elasticidad, su dirección hacia todos nuestros sentidos.

Intersensorialidad o encuentro: las obras de Claudia Martínez se articulan así en torno a un rendez vous. La máquina erótica de sus producciones es el argumento de su mecanismo, la retórica sensorial de sus espacios, el lenguaje entramado desde el que ensambla ritmos, despliega fuerzas, logra acuerdos y contrastes cromáticos, y genera una inclasificable poética que es en definitiva la que integra sus valores plásticos con definida gestualidad. Al Final, los sueños siguen siendo indóciles, perturbadores e incontrolables, como cualquier epistemología del placer, del modo de practicar el espacio, de habitar el tiempo. Tal vez por ello seguimos produciendo y observando el arte, tal vez por ello seguimos despiertos, quizás por esta razón nos conmueve lo extraordinario del trabajo de Claudia Martínez.

Marina Pastor. Enero 2008