De corazón
 Claudia Martinez. 2013

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19. Lin/ El Acercamiento.

arriba K’un,Lo Receptivo, la Tierra

abajoTui, Lo Sereno, el lago.

 

El signo, en su conjunto, alude a un tiempo de esperanzado progreso. Se aproxima la primavera. La alegría y la transigencia van acercando ente sí a altos y bajos. El éxito es seguro. Lo único que hace falta es la realización de una tarea resuelta y tesonera capaz de aprovechar plenamente los favores del tiempo.

 

                                                                         ICHING, El Libro de las Mutaciones

Muchas veces he cavilado acerca de cómo plantear un proyecto propio dentro del espacio de La Gallera, un lugar en el que antiguamente se realizaban peleas de gallos. Hoy, lejos ya de esa función, el diseño de su espacio con su planta de dodecaedro y tres alturas de galerías permite ver la zona central desde cualquier punto y posibilita disfrutar de distintas perspectivas de visibilidad.

 

Durante largo tiempo he desarrollado a través de mi obra diversas estrategias para hablar de temas relacionados con las artes de la paciencia, del tiempo de elaboración de las tramas, del valor de la factura manual, de la construcción a pequeñas voces, del estado meditativo al que te transporta la repetición de un movimiento, y para esto me he valido en muchas ocasiones de lo que genéricamente llamamos tejido.

 

Así, he investigado y abordado esta manera de trabajar en varios aspectos que, por su naturaleza constructiva, iban ligando todos estos temas. No obstante, en los últimos años me produce particular interés el tejido en tanto que actividad social, la relación que se establece con y entre las personas alrededor de una propuesta de trabajo. El aporte que la gente da a mi oficio y su implicación en el mismo, logran minimizar la distancia entre el artista y el espectador, aspecto éste que siempre me resulta un tanto inquietante. El trabajo en un mismo plano (una red) provoca que las conexiones humanas y afectivas se establezcan con naturalidad.

 

Cuando desarrollé la pieza Tomar el hilo, un mapa de pistas del Sáhara Occidental bordado a mano en colaboración con varias personas tanto en Valencia como en Tifariti (R.A.D.S), la intención era recuperar la palabra, el diálogo perdido entre las partes en conflicto. Allí las horas compartidas de trabajo nos permitían hablar de todo lo acontecido en ese territorio y, de una manera poética, intentábamos reparar con el dialogo y enlazar las partes que han quedado desmembradas después del exilio en la Hamada argelina y los años de lucha diplomáticas. De ahí Tomar el hilo, por lo del hilo del discurso. Bordando me planteé recuperar la voz de las mujeres, que están aún más en segundo plano, en la retaguardia de este terrible conflicto que persiste ante la indiferencia internacional. Mi actuación en este caso fue de aprendiz: quería escuchar de primera mano lo que acontece en esta desafortunada realidad del pueblo saharaui. Tengo el firme convencimiento de que las pequeñas reparaciones unidas generan grandes soluciones, y este mapa bordado entre todos tenía la vocación de restaurar el territorio expropiado en el mapa del mundo.

 

Volviendo al proyecto expositivo Desborde, la idea de fabricar un gran tejido central flotante, un macroencaje alveolar que ocupe el núcleo del edificio, un corazón poroso inserto en el corazón mismo de la torre, fue sugerida por la propia arquitectura. Su naturaleza vertical apunta al aprovechamiento de ese gran vacío central y, como expuse antes, la posibilidad de sus distintas perspectivas visuales permiten conducir la mirada del público. Al ofrecerle la ocasión de circular por arriba y por debajo de toda la pieza, el observador no pierde la concentración hacia lo pequeño, como tantas veces demanda mi trabajo.

 

 En relación a esto, en la planta superior, dispuestos sobre una gran pared dorada, se encuentran dibujos, piezas de cerámica y pequeños ensayos de taller. No se trata de obras menores sino apuntes poéticos que, por su diversidad, forman un conjunto que permite vislumbrar los múltiples lenguajes visuales y los intereses de mi pensamiento. Unas veces relacionados con las miniaturas, otras con la biología, la ferretería, el mundo de las texturas, los hilos o las gomas; algunos de estos objetos son muy procesados y otros simples encuentros casuales con materias para mí exquisitas y evocadoras. 

 

Los dibujos siguen la misma dinámica plural: unos tienen trazos gestuales rápidos, otros muy elaborados, recuerdan a los campos de observación a través del microscopio, describiendo universos llenos de formas que se enroscan, enlazan o invocan paisajes distantes de perspectiva aérea. Todas estas piezas, en su complejidad o en su sencillez, hacen culto a la experimentación y remiten a un laboratorio de ideas, en un despliegue  reticular de múltiples huellas a seguir. Seguramente, varias de estas versiones de micro proyectos enraízan perfectamente con obra central que abarca casi toda la atención y el espacio de la sala.

 

Ésta, ya planteada a gran escala y en relación a su gran volumen y magnitud de trabajo, hizo imprescindible para su ejecución la colaboración de manos tejedoras que me ayudaran en una empresa no apta para almas ansiosas.

 

El tejido casi siempre ha sido una tarea anónima, un trabajo invisible ligado a la vida de la comunidad y la supervivencia, ofreciendo la protección necesaria para el cuerpo y el descanso. Hoy, con la celeridad de los tiempos y las costumbres veloces, aquellas tareas -tan ligadas a la paciencia y a un tiempo dilatado que yo intento rescatar para mi obra y mi vida- van siendo relegadas, olvidadas y suplantadas por medios industriales.

 

En cambio, en sociedades con una economía de subsistencia, el trabajo del telar y los tejidos es a menudo el sostén económico de pequeñas comunidades que perduran gracias a la producción de artesanías hoy casi extinguidas. Tal es el caso de la randeras de Monteros en Tucumán (Argentina), que continúan armando sus encajes de aguja para traducirlos en puntillas y tapetes; otro tanto acontece con las tejedoras de ponchos y alfombras de Belén y Santa María en Catamarca, quienes aún hilan a mano haciendo girar con destreza el huso para dar forma de hebra a los vellones de lana de llama y oveja. Algo similar ocurre con los incansables trabajadores del ñandutí en Paraguay, que viven y trabajan en pequeñas comunidades en las que el día a día y la subsistencia giran alrededor de un tipo de bordado en piezas de algodón, el Ao po’i. Y las bordadoras de encaje de bolillos que vi en Vinaròs una mañana al final del verano: eran decenas de señoras sentadas en plena calle, reunidas a tejer para hablar y no llevar al olvido unas tradiciones en las que siguen los motivos geométricos de sus puntillas con ritmo grave de grillos al golpetear sus bobinas de madera.

 

Así es la tarea invisible y anónima del textil, a mano o a máquina, que paradójicamente se hace visible en la producción de Oriente para Occidente, donde esta labor de mujeres ocupa miles de manos hacendosas que con dedos ágiles, trabajan más de las horas permitidas delante de las máquinas para fabricar los géneros que forman parte de las prendas visibles en las grandes colecciones de la moda de Occidente.

 

Hoy, más que nunca, estas labores toman notoriedad en las imágenes del telediario que nos muestran el destino de la clase obrera de Bangladesh y la conmovedora historia de los más de mil trabajadores muertos bajo los escombros de las fábricas textiles, sometidos a condiciones inhumanas de trabajo ante la mirada indiferente de los especuladores de la industria textil.

 

Pero la actividad de tejer, mecánica y complicada, también encierra poéticas sutiles que tienen profundas conexiones entre su elaborador y el producto. Tal es el caso del mundo cifrado de las alfombras: en ellas se narra el destino de un pueblo, sus costumbres y se nomina a los integrantes de una pequeña aldea. En la tramas se incluyen los elementos de su cotidianeidad (sol, agua, tierra, aire) y los acontecimientos desafortunados y los felices de la tejedora. Para los incas, los dibujos, los colores y el modo de trabajar el tejido en sus mantas eran claves que describían un complejo mundo de geometrías, matemáticas, estaciones y cosechas.

 

En el planteamiento de Desborde no hay narración, por situarse justo en el límite entre la escultura y el dibujo, el bordado y la cestería. El proceso es su historia, la historia de su confección, un tempus suspendido, un relato cotidiano, monótono y vital lleno de pequeños matices y de diferentes voces que se cruzan. Retiene en su espesura un diario de mañanas y tardes de una decena de manos que retuercen y cortan para volver a unir y dar nueva forma; un coro de murmullos, confesiones y de silencios acompasados mientras las manos giran veloces, generando nudos y torsiones para armar esas pequeñas matas alveolares que luego formarán parte de un todo mayor; son manos amigas que se han ido sumando y haciendo suya mi propuesta.

 

Esta implicación afectiva con la gente es la que cierra el círculo, el mismo círculo que crece lentamente y que a día de hoy, está dispuesto en el suelo para organizar los colores. Así tenemos ordenada una escala tonal que va del rojo brillante al ocre dorado y que forma un paisaje orgánico, una nube de alvéolos y vénulas que formarán un órgano suspendido, un corazón metafórico que pulsará la energía desde el aire.

 

Tejemos en círculo, unos al lado de otros. Sumando, uniendo y retorciendo cada tramo; cada unión forma parte de otra y ésta de otra más y así sucesivamente. En esta repetición continua, en esta salmodia, se compone la estructura que sustenta todo el proyecto. Ya que el fin último de la propuesta es hacer que todas las partes sumen y sostengan con igual importancia, el tejido en red hará que cada parte de las múltiples ramificaciones genere una fuerza sostenedora de todo el órgano y pueda flotar en conexión con la propia arquitectura.

 

De alguna forma, la poética de esta pieza se genera por el nexo entre las partes: es la unión la que crea la fuerza para sostener, como en la vida misma, formula que hemos comprobado muchas veces.