Dejar levar

Isabel Tejeda. 2006

 

"Texto significa tejido" Roland Barthes, El placer del texto 

 

En el año 1966, Gretchen Lambert realizó unas oportunas fotografías en el estudio de Eva Hesse, para las que la artista había organizado y limpiado el espacio colocando sábanas blancas bajo algunas de sus obras. Mezclados unos con otros, integrados en el ambiente connotado por el suelo de madera, las ventanas o vigas, los “objetos” de Hesse estaban instalados para el examen e inspección de un extraño, aspecto que ofrece impagables perspectivas sobre su sentido y futura presentación. Visitar el lugar de trabajo de aquellos artistas que se han dejado contaminar por la llamada obra post-estudio resulta tremendamente significativo y clarificador en la medida en la que, como planteara en su momento Daniel Buren, es en ese preciso lugar donde las piezas están más vivas, en armonía con el espacio en que nacieron. Por ello, me resultó revelador visitar el estudio de Claudia Martínez, artista argentina afincada en España, y observar que además de sus sugestivas concomitancias táctiles y formales con el trabajo de Hesse, también ella velaba por algunas de sus obras apartándolas del suelo y situándolas sobre una desnuda sábana blanca de algodón. 

 

Claudia Martínez entra en un nuevo momento de su producción artística con una pertinaz voluntad de cambio. Antes de su actual exposición en la Sala Edgar Neville de Alfafar, esta artista se caracterizaba por el desarrollo de una poética de lo leve, de lo silencioso, casi de lo imperceptible; trabajaba en blanco, con soportes precarios, con hilos y cánulas transparentes (Entrama) o a partir de sutiles dibujos con alambre (Entrehilos), con hilo de coser o intervenciones con tubos de látex (Síntoma, 1997) sobre las paredes que caminaban hacia una minimalización de lo visible. Eran piezas de post-estudio, intervenciones realizadas en el propio espacio expositivo que, una vez terminado el tiempo de exhibición, desaparecían dejando un rastro exclusivamente documental. Con un discurso en esencia performativo, las heridas, suturas, bordados o dibujos quebrados que tejían los muros y techos de los espacios intervenidos, eran minúsculas pero reiteradas puntadas que se repetían como una letanía desplegando la mirada, puntadas que cobraban su sentido más denso durante el proceso de construcción e, incluso, durante el desmontaje y destrucción de la obra. 

 

Si bien el trabajo actual no se alía con este discurso leve de lo efímero buscando, por el contrario, soportes y técnicas que lleven consigo un resultado material perdurable, sí es preciso indicar que se produce un continuum en lo que respecta a la poética de lo frágil, de lo manual, y de cierto erotismo inherente a la tactilidad y brillo de las texturas, sean estas sedas, terciopelos, lustrosas cerámicas esmaltadas, u ovillos de cobre. Lo orgánico, sea visto como venillas, elementos vegetales, nidos, o alimentos que llevarse a la boca y acariciar sonoros con los dientes, surge en la totalidad de estas obras conectado al color vibrante y a la idea de red, de tejido, de  remiendo, de bordado. Idea ésta sugerida insistentemente en los deliciosos dibujos y acuarelas que se reúnen en esta exposición y que, junto a unas pequeñas esculturas de plastilina, suponen el origen formal de este proyecto.

 

El tejido ha medido el tiempo de las mujeres. Hemos visto tejer a nuestras abuelas,  maquinalmente, como en un mantra, controlando desde la mesa camilla su mundo de migas de ajo y jabón de aceite. Eran tiempos de remiendos invisibles en toallas y calcetines repitiendo el texto de otra, un texto sin tiempo. Un tejido que se imitaba a sí mismo, reiterando una misma palabra que conformaba siempre una idéntica frase. Como Claudia Martínez me dice, bordar “es una concentración desconcentrada” que anula la mente, permitiendo que los movimientos de los dedos funcionen con idéntico ritmo y siguiendo los mismos pasos. Las mujeres que nos han precedido sabían coser, así ocurría con la madre de Claudia Martínez o con la mía. Vivían en el tejido y con esta fórmula medían sus días: una colcha seis meses, unos patucos dos tardes. Eran Penélopes, con su tiempo suspendido en la circularidad reiterada, que neutralizando el tiempo repetían la historia; un tiempo elástico con su hilo de ida y vuelta, maltrecho de tantas veces como había andado y desandado el camino. No resulta extraño, pues, que muchas de las artistas que pertenecen a mi generación, y aún a la anterior, se hayan servido de la aguja, del hilo y de la tela para materializar sus objetos. 

 

Precisamente, el conocimiento en profundidad de este material es lo que ha provocado que Claudia Martínez haya buscado para este nuevo proyecto nuevos desafíos en otros materiales. Aún sin abandonar la tela, de la que hay tres ejemplos en esta exposición (¿vísceras, imágenes de un sexo desarmado?), Martínez ha realizado una interesante y primera incursión en la cerámica con objetos pequeños, preciados, escasamente pesados, como de vitrina, imprecisos objetos con referentes cotidianos que no cierran iconográficamente su forma presentados con cierta perversidad sobre tres módulos cilíndricos de color blanco igualmente ambiguos e iluminados de forma dramática. ¿Son el caro objeto de lujo de una joyería, el deseado dulce en una mesa de banquete, los restos orgánicos descartados por un taxidermista, el nido de termitas hallado por un biólogo? Objetos de deseo y seductores, en todo caso, que preciamos tocar y que se conforman de manera similar a las esculturas realizadas en tela: semejan fideos flácidos, de una morbidez animal, que se escurren por las paredes o sobre la mesa, sin dejar claro si se desparraman o están por inflar. Como los bordados, siguen la asignatura de la disciplina, del control mental que se basa en la repetición, de la puntada, de llevar a pausado ritmo el churro de barro de una punta a otra y vuelta a empezar. Y aquí es donde se produce la paradoja que iguala formalmente los objetos materialmente blandos de los duros. Ya que tanto en aquellos objetos cuya forma ha sido determinada durante el montaje en la sala –los de terciopelo o seda- o en la acción, en esencia incontrolada, de la cocción en el horno parecen derramados, laxos y maleables. Aunque en estas últimas se produce la paradoja de que lo que parece blando, sea sin embargo duro y frágil a un tiempo. 

 

“Dejar levar” es el título de este proyecto, una exposición en la que los objetos “son lo que son”, como dice la propia Claudia Martínez, objetos que, como ocurre con la levadura en el pan, adquieren su estado óptimo tras pasar por el fuego.

 

Isabel Tejeda

 

 “…Me asusta que fotografíen mi obra. Me resulta imposible limpiar el polvo, poner en orden la pared, incluso pintar una pared para fotografiarla”, en Eva Hesse, IVAM, Valencia, 1993, p. 179.

 BUREN, Daniel, “Fonction de l’atelier” en Daniel Buren, Les Écrits (1965-1990) (POINSOT, Jean-Marc, dir.), Bourdeaux, capcMusée d’art contemporain de Bourdeaux, 1991, Tomo I: 1965-1976, pp. 195-204. Artículo publicado originalmente en 1971 en Ragile, París, septiembre de 1979, T. III, p. 72-79.

 

 “Hago pequeños ensayos y luego agiganto el resultado. Puede que tenga que ver con el hecho de que estudié cinco años de farmacia y la práctica de mirar agigantado el mundo a través del microscopio. Hacer macro lo que es micro”. Entrevista con Claudia Martínez en mayo de 2006.

 “El tejido y el bordado han sido mi disparador. Cuando era pequeña mi madre cosía, por lo que nuestro espacio estaba entre la cocina y la máquina de coser. Me ha sido sencillo decir cosas a través de un material que conozco muchísimo... Aunque sea con hilo de alambre, bordo. Cuando hice los trabajos con hilo pegado con la pistola de calor había referencias a la abstracción del motivo en el bordado”. Ibid. 

 Las obras de mediados de los 90 de Claudia Martínez contienen, de hecho, referencias explícitas a lo connotado culturalmente como femenino, con esculturas que recuerdan perfumeros, corsés, o acericos.  

 “No quiero que los objetos se parezcan a nada concreto. Son lo que son”. Ibid.

 “Me he servido puntualmente de la cerámica, lo que no quiere decir que sea ceramista. Me interesan, por ejemplo, mucho las imperfecciones de algunas piezas que se partieron durante la cocción”. Ibid.