Rasgar el aire.

Sebastià Miralles

 



Insistentemente rasgar el aire con dedos afilados en el espesor de la noche para cubrir de pequeños gestos comprimidos y luminosos el horizonte que da al norte de tu locura. Obsesión y dardo que puntea en la mañana la mezcla de un sueño mal llevado con la alegría de un sol amanecido entre los recuerdos tiznados de presente. Rasgar el aire expectante de sus movimientos ondulados dibujando el ritmo que nutre tu ansia. Y en el vaivén encarcelar las dudas que atan lugares comunes con paraísos; mover la mano agitando tu aura y babear mecánicamente la convulsión de una queja; soy toda oídos, dices, y encomiendas no el espíritu, sino las razones que lo sostienen, a la altísima luz del entendimiento. Soy toda oídos, repites insegura, pues mi vista no alcanza allá donde el maligno habita; tan sólo su vibración telúrica me orienta. Y ese mal que a todos nos aqueja, señala el lugar de la punzada aquí o allá, más abajo o a la izquierda. repetidamente....sin un fin preciso que guíe o patronee el blanco hiriente de tus proyectos, que lo concluya, que lo cierre, que cicatrice el evento empezado en la confusión del deseo. Quién sabe si fue primero la inquietud de tu primer desengaño o la imprecisa firmeza de lo escindido que busca su principio, o la dualidad expresa de los seres vivos en su viaje a lo perfecto. Ahí, entre el comienzo y el fin, trazas el espacio donde creces en la deriva de tus convicciones. En él argumentas frágiles razones para construir, ya lo sabes, la levedad de las cosas y cómo éstas insertan, aun siendo breves, lo turbio y lo transparente; en ese juego de luces y de sombras parece que no tienen fin las cavilaciones sobre lo que concluye y lo que continúa ni las interrupciones que rompen la armonía cósmica del silencio. Tampoco termina la penuria de tantos desposeídos cuya sola mención rasga este texto y lo invalida, pues miente este escrito, como todos nosotros en la evocación del mal. Así lo intuyes pues, callada, te encierras en el angosto espacio, entre tu cuerpo y el muro, lamentando, en el zigzag de tu escritura, que la trama sea tan sólo la exposición de la impotencia. Un juego de ficción, una trampa más en el recurrente desliz hacia la nada. A pesar de todo, y con la tenacidad propia de los pájaros, sigues marcando territorios y en la supuesta fertilidad de éstos esparces tu energía a la espera de ver tus frutos renacidos. A pesar de todo. Tus ojos siguen encandilados los movimientos rítmicos que el viento dibuja sobre las aguas y los juncos y observas asombrada la efervescente línea de las hormigas moverse según un antiguo y cósmico orden; y en ese momento añoras no ser tú naturaleza y ser mecida por los días sin saber que tu fin sucede después del verano, sin que tu conciencia convierta el placer de vivir en la especulación del trascender. Sentir que eres parte y no todo, y así sumar: detalle a detalle, puntualizando cada una de las partes, una infinidad de posibilidades esbozadas. Cada movimiento, aunque sea breve como el de un parpadeo, indica el sonido de una letra en el alfabeto imaginario de tus paredes enjauladas. Es el recurrente gesto que subraya los destellos del pensamiento, ese flujo disperso que te aleja, como en los sueños, de una realidad difuminada por la niebla de la desidia. Un irse yendo hacia la nada, hacia el aire inmenso que envuelve las nubes y riza las arenas y agita las aguas del mar, ese rumor que llena huecos, guía el orden de la armonía y precede al vaivén de los grafismos, un eco que suena allá dentro, en algún lugar del último gen. El reducido espacio en el que se crean los impulsos para continuar, para seguir encadenando aconteceres, para seguir la línea espiral del ascenso y del descenso, del ondulante trayecto de nuestra deriva, del dibujo invisible de los anhelos, de tantas imágenes proyectadas, de los espectros que reverberan en la lejanía y convierten tus gestos en rasgos de un ilusionado dibujo sobre la nada.

Sebastià Miralles
Diciembre de 2002
Texto para la exposición “Entrehilos” de Claudia Martinez